
Marta González Borraz, alumna de la última promoción de 2º de Bachillerato del Colegio Santa Teresa cuenta su experiencia de Jornadas en Guadix:
“Hacía ya unos meses que se sabía que este año 2009 las jornadas de ACIT JOVEN se celebrarían en Guadix, un municipio de la provincia de Granada sobre el que se alza, imperante, el conjunto montañoso de Sierra Nevada. Allí se iba a llevar a cabo durante 10 días un plan de integración con los niños del Barrio de las Cuevas (Las Cuatro Veredas), separado tanto física como socialmente del pueblo propiamente dicho. El 17 de julio, 14 aventureros, entre ellos 3 animadoras, procedentes de diversos lugares de España, pasamos nuestra primera noche en el colegio Padre Poveda, donde nos alojaríamos el resto del tiempo. Todo era desconocido para nosotros, pero todos sentíamos algo parecido. Llegamos con una enorme ilusión y también curiosidad; pero sobre todo, con unas enormes ganas de ayudar y de dar.
El primer día en la plaza del barrio, junto a la Ermita Nueva, fue una especie de punto de contacto con las gentes accitanas, gente con la se formaría una gran familia. La atmósfera revelaba una demanda de cariño, comprensión, ayuda y amor que se podía hasta respirar. Poco a poco nos fuimos dando cuenta de que los niños de las cuevas ya no eran solo unas caras casi desconocidas, ahora tenían nombre y apellidos, tenían una historia, una vida y unos sentimientos que fuimos conociendo. Fueron niños con los que se jugó, a los que se enseñó a hacer carteras, a ver las estrellas, a bailar, con los que se compartió todo… Se hicieron tantas cosas allí que casi no había tiempo para ser conscientes de todo lo que se estaba viviendo, pero sí para sentirlo. Nos ayudó a reflexionar sobre lo vivido el lema de las jornadas “abre los ojos y siente”. A lo largo del día realizábamos distintas tareas: las mañanas eran tiempo de reflexión y acercamiento a la figura de Jesucristo y a la realidad que estábamos viviendo y a medio día preparábamos los talleres que íbamos a realizar con la gente de las cuevas. Durante la tarde y la noche compartíamos con ellos diferentes actividades. Además todas las noches cerrábamos el día con una pequeña oración y charlábamos sobre lo que había supuesto el día para cada uno. Compartir fe y experiencia hacía que nos sintiésemos cada vez más unidos.
Fueron pasando los días, y entre reflexiones, risas, juegos, confesiones, agua, talleres, bailes, charlas, gymkanas y mucha felicidad se presentó el día de la despedida, el que nadie esperaba pero que todo el mundo sabía que llegaría. Entre cuevas, chimeneas blancas, lágrimas y abrazos unos nos separamos de otros, aunque todos esperando que entre lágrimas y abrazos nos volviésemos a reencontrar. Para las 14 personas que estuvimos allí fue una experiencia inolvidable, un abrir los ojos y el corazón al mundo, y sentirlo. Fue, sin duda, una continuación de lo que Pedro Poveda comenzó allí en 1902, una prolongación de su misión, algo que todos somos capaces de hacer, porque como él dijo: «No hace falta ser rico para dar, basta con ser bueno, el bueno siempre encuentra que dar.»”